La verdad es que pasadas las navidades muchos comienzan “la consabida
dieta” cuando se dan cuenta de las libras que aumentaron por haber comido tanto
en las festividades. El asunto es que
hay tanta abundancia en esos días que donde quiera que vamos nos ofrecen algo
para “picar” (y no necesariamente es un cuchillo). Y vamos por ahí diciendo que sí a todos sin
pensar que no somos un barril sin fondo. Hasta que finalmente un buen día de
enero nos pesamos y la balanza inmisericorde nos dice en la cara la gran
verdad. ¡Aumentaste!
En la oración del Padre Nuestro Jesús le enseñaba a sus discípulos a pedir a Dios el pan de cada día o sea, la
alimentación necesaria para nuestro cuerpo
diariamente. Debemos ser más
cuidadosos y suplicarle a Dios nos libre de la glotonería, de este mal hábito
de comer tanto. Esta misma conducta que
a veces no nos deja ayunar, esta misma que a veces nos hace ganar un peso
exagerado, esta misma que exige de nuestro cuerpo tanto.
Jesús dijo “Yo soy el pan de vida”.
Creo que pudiéramos comer más de Jesús, más de su cuerpo partido por
nosotros. Debiéramos rememorar más su
sacrificio en la cruz que tantas bendiciones nos otorga. Debiéramos separar más tiempo para consumir
su vida. Señor, danos tu pan, danos tu vida que estamos hambrientos de ti!
Miriam E. Figueroa, Pastora
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